| maese_alb ( @ 2007-11-12 23:05:00 |
La histeria y otras cosas que ver por televisión
Ya casi daba por olvidado este proyecto de entrada cuando esta tarde charlé un rato breve con el pequeño Tommy. El tema: las series de televisión. El detonante: Gominolas. El nuevo y exitoso producto de Cuatro que asaltó las pantallas arrebatando un buen porcentaje de share a la dura competencia. Es decir, que gusta, y a eso quería yo, queríamos nosotros, llegar.
Maese, ya lo saben, es sencillo e inocente como el bambú fresco y, como recomienda Mizoguchi, se lava la mirada cada noche de tantas imágenes que ve. Esto lo dijo el legendario realizador nipón hace cincuenta años, cuánto más necesario será hoy en día. Pero por mucho que mire el mundo, o lo intente, con ojos nuevos, me cuesta acostumbrarme a la predilección de los productos españoles televisivos como Gominolas por el pesimismo, la suciedad, la caspa y el desprecio en que se zambullen. Por el desfile manierista de gritos, de histeria, de insultos, de cuchilladas traperas, de depresión y de bajeza mental. Y por un efecto acumulativo de todo eso, junto y revuelto, en una serie. Y otra. Y otra. Y otra.
No me tomen por el criticón de turno. Uno también escribe ficción y acudiría gozoso al llamado de la caja tonta. Más aún; conozco a una de las responsables del proyecto, a la que le desea de verdad el mayor de los éxitos -es una gran escritora, una gran lectora y a estas alturas no tiene que demostrar nada-. E incluso se debe reconocer a Gominolas el esfuerzo y riesgo de rodar en cine, con el cuidado y mimo a la imagen que supone.
Las historias críticas, burlonas y cáusticas son interesantes y hasta necesarias en una sociedad atontada, siempre que haya algo que recupere el pulso después de echar cal viva. Por estas tierras el padre de todo esto es sin duda Berlanga. Me temo que sus alumnos han optado por la chabacanería y el eructo sin comprender, o sin que les dejen plantearse, la mirada tierna, profunda y sabia de sus primeras películas: Bienvenido mister Marshall, la excelsa Calabuch (genuflexión, por favor) o la magistral El Verdugo (doble genuflexión).
Y si la televisión yanqui, con todos sus defectos, se húnde estos días por la huelga de guionistas, peor para los productores: esos tipos se merecen sus reivindicaciones. Porque el mejor cine del mundo se puede ver hoy en las series norteamericanas de los últimos cinco años: Futurama, los Soprano, Perdidos, Mission Hill, Padre de familia, Carnivale... si cada país tiene la televisión que se merece, los yanquis no deben ser tan malos.
Ya casi daba por olvidado este proyecto de entrada cuando esta tarde charlé un rato breve con el pequeño Tommy. El tema: las series de televisión. El detonante: Gominolas. El nuevo y exitoso producto de Cuatro que asaltó las pantallas arrebatando un buen porcentaje de share a la dura competencia. Es decir, que gusta, y a eso quería yo, queríamos nosotros, llegar.
Maese, ya lo saben, es sencillo e inocente como el bambú fresco y, como recomienda Mizoguchi, se lava la mirada cada noche de tantas imágenes que ve. Esto lo dijo el legendario realizador nipón hace cincuenta años, cuánto más necesario será hoy en día. Pero por mucho que mire el mundo, o lo intente, con ojos nuevos, me cuesta acostumbrarme a la predilección de los productos españoles televisivos como Gominolas por el pesimismo, la suciedad, la caspa y el desprecio en que se zambullen. Por el desfile manierista de gritos, de histeria, de insultos, de cuchilladas traperas, de depresión y de bajeza mental. Y por un efecto acumulativo de todo eso, junto y revuelto, en una serie. Y otra. Y otra. Y otra.
No me tomen por el criticón de turno. Uno también escribe ficción y acudiría gozoso al llamado de la caja tonta. Más aún; conozco a una de las responsables del proyecto, a la que le desea de verdad el mayor de los éxitos -es una gran escritora, una gran lectora y a estas alturas no tiene que demostrar nada-. E incluso se debe reconocer a Gominolas el esfuerzo y riesgo de rodar en cine, con el cuidado y mimo a la imagen que supone.
Las historias críticas, burlonas y cáusticas son interesantes y hasta necesarias en una sociedad atontada, siempre que haya algo que recupere el pulso después de echar cal viva. Por estas tierras el padre de todo esto es sin duda Berlanga. Me temo que sus alumnos han optado por la chabacanería y el eructo sin comprender, o sin que les dejen plantearse, la mirada tierna, profunda y sabia de sus primeras películas: Bienvenido mister Marshall, la excelsa Calabuch (genuflexión, por favor) o la magistral El Verdugo (doble genuflexión).
Y si la televisión yanqui, con todos sus defectos, se húnde estos días por la huelga de guionistas, peor para los productores: esos tipos se merecen sus reivindicaciones. Porque el mejor cine del mundo se puede ver hoy en las series norteamericanas de los últimos cinco años: Futurama, los Soprano, Perdidos, Mission Hill, Padre de familia, Carnivale... si cada país tiene la televisión que se merece, los yanquis no deben ser tan malos.